Podría parecer que obedecer, ser obediente, lo asociamos a algo con connotaciones positivas. El que obedece, respeta a la autoridad, trae orden, se porta bien, es pacífico, sigue las reglas, se aleja del conflicto,…

Recordamos, en nuestro caso, que de pequeños nos sentíamos muy aceptados y queridos cuando recibíamos la aprobación y el reconocimiento de nuestro entorno (padres, maestros) cuando nos comportábamos de forma obediente  y nos esforzábamos a ello sin plantearnos la naturaleza de lo que debíamos obedecer. En general, el castigo era severo cuando desobedecíamos, y nos inculcaron con sangre que lo bueno o correcto para la sociedad era obedecer siempre a la autoridad presente (mundo de los adultos).

El problema resultante que surge de esa programación educativa es cuando el que obedece solo se fija, solo presta atención, a acatar el designio del que manda, sin centrarse en el mandato en si, sin cuestionarlo. Porque cuando obedecemos, es decir, cuando cumplimos una orden, estamos por un lado otorgando la autoridad al que dictamina, pero por otro, dando conformidad a la orden en si, dándole validez. Es decir, no podemos desentendernos de las órdenes que obedecemos. Son nuestra responsabilidad como co-autores y ejecutores finales de la realización de la misma.

La palabra «obedecer» viene del latín y significaba originariamente «saber escuchar». En cambio, normalmente se entiende a «obedecer» como «hacer caso a la fuerza» y esto es totalmente erróneo según su significado original. Incluso la definición de la Real Academia de la Lengua Española (un gran fraude y ente manipulador de palabras, por cierto, ya hablaremos de ello) es «cumplir la voluntad de quien manda». El tema es: ¿de donde va a surgir la voluntad de lo que hagas?¿Quién manda en tu voluntad?

Si estamos atentos y sabemos escuchar, no solo oir, sino captarlo, analizarlo y pensarlo bien, entonces podemos discernir y tener la libertad de escoger y seguir la instrucción o no, por ejemplo, si discernimos si es moral o inmoral, si hacemos daño a otros o afectamos en sus derechos,…

Pero en cambio, nuestro adiestramiento en la manipulación de las palabras, hace que «todos» tengamos integrado que «obedecer» es «acatar de forma obligatoria, sin plantearse la orden» para de esta manera actuar correctamente (no el Bien moral) según las políticas de comportamiento de la sociedad y recibir el premio del reconocimiento y la aceptación.
 


 

Si callamos y obedecemos, otorgamos, consentimos y damos validez al contenido de la orden y el problema es que en realidad es que muchos cumplidores de órdenes se desentienden en su implicación y responsabilidad en la ejecución de la orden, tan solo porque la idea original no parte de ellos o porque otorga completamente el poder a la autoridad que le manda sin pararse, sin detenerse a filtrar el mandato para analizar su coherencia, su carácter justo o moral, y simplemente se pasa a ser ejecutores en automático de órdenes, indistintamente de que sean injustas, inmorales o perjudiquen al prójimo o a nosotros mismos. Y encima, nos vanagloriamos de la falsa bondad que implica el «ser obedientes» y que a veces se ve recompensada por un premio o privilegio o por simplemente el hecho de sentirse aceptado y pertenecer a un grupo (rebaño).
 

¿Cuándo es una virtud obedecer?

 
Obedecer solo puede ser una virtud cuando se hace con plena conciencia y voluntariedad de que lo que estamos llevando a cabo es, no ya una orden, sino una verdadera ley natural acorde a nosotros mismos a la que mediante el corazón nos acogemos y nos sirve de guía en nuestras acciones. Obedecer se traduce entonces en un pararse a escuchar, en un comprender, y en actuar con plena decisión, asumiendo la responsabilidad de cuanto genero en mi vida.

 

 
La obediencia es virtud cuando se centra en el Sentir, lo tiene merecidamente presente, para que sea quien guíe nuestro rumbo, acorde a la Esencia, devolviéndonos por tanto el respeto y la autoridad a nosotros mismos como co-creadores conscientes de vida en este mundo que nos rodea.
No en vano, la etimología de obedecer es pararse a escuchar
 

¿Obedecer porque se tiene que obedecer?

 
¡Obedecer sin filtrar ni comprender no vale! ¡No tiene valor! ¡No es virtud!. Es cobardía y desempodera y empobrece al mundo.

Obedecer simplemente por dinero, desentendiéndose de cualquier resultado derivado de nuestra acción obediente es directamente venderse «al mal», a lo inmoral y contribuir a su propagación por el mundo.
 

 
Obedecer porque todo el mundo lo hace, no es contribuir al orden, es encaminar a un mundo sin criterio propio hacia el abismo del caos. Es decir un mundo sin basarse valores y principios naturales (ley natural/moral) que deberían prevalecer ante cualquier orden (hablamos de justicia, libertad, verdad,…)

Obedecer por miedo, tampoco es excusa. Simplemente nos deja en una posición de carencia total del valor vital, pues la grandeza más importante que tenemos en nuestra vida es precisamente el libre albedrío, la libertad de poder decidir, de escoger el buen camino, la elección del bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto. Y anulando nuestro análisis ante la orden recibida, acatando la obediencia ciega y absoluta, estamos negándonos la posibilidad de desarrollar nuestro potencial como Ser Humano (con chispa divina creativa) para aportar la armonía al mundo, como dicen los chamanes, plasmar nuestra medicina natural al mundo.

Solo podemos obedecer a la conciencia del Sentir del corazón. A esa voz divina que es accesible a todos y nos guía si prestamos atención.

Obedecer es en realidad «regirse por», es una relación de cooperación con algo que sientes te supera y que humildemente acoges, pero no por ello estás en una situación de subordinación.
 

Los grupos de obedecer órdenes

 
Hoy en día, los grandes grupos de órdenes, parten de las autoridades religiosas, políticas, judiciales, agentes armados que juran obediencia a una causa más allá de la moral de la conciencia del propio Ser, que queda anulado. Vivimos en un planeta jefes totalmente jerarquizado y sometido a obedecer y cumplir órdenes.
Se pasa a «ser de la colmena» y se deja en realidad de Ser en Humanidad.
Estas Órdenes/Grupos jerárquicos que generan cadenas de seguidores de órdenes, imprimen a la gran masa, desajustes y miedos que se traducen en un gran control de todo, de los seres en si, y del devenir del contexto social en global.
 

 
Por tanto, por un lado, la obediencia por parte de estos Grupos de seguidores de órdenes es terrible, atroz, pues pasan a ser mano ejecutora de la represión y control del sistema sobre los seres humanos, y por otro lado, la obediencia ciega de las masa, en automático, vacías de almas, sin cuestionarse nada, ya sea por miedo, ya sea por ignorancia, ya sea por desidia, no es una virtud, es la confirmación de la muerte en vida de la sociedad que renuncia a la libertad de tomar la responsabilidad de cada Ser, precisamente de Ser en plenitud, de traer la armonía, la justicia, la verdad a un Mundo que ahora mismo se nos ha ido de las manos y danza caótico al son de las órdenes desarmónicas de seres desalmados que nos dirigen.

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No tiene sentido colaborar, en seguir construyendo un mundo caótico con nuestra obediencia ciega. Seguir permitiendo que el caos se convierta en la «ley» de nuestro mundo. No tiene sentido anular el Sentir, ignorar la Conciencia ante la creencia de que obedecer como unos corderitos nos hace mejores. Ni los corderos son buenos ni los lobos son malos. Deja oír tu voz. Quizás empieces a Sentir y ver diferente, a intuir soluciones. No necesitas ser un lobo agresivo que cree conflicto, que entre en lucha, pero a lo mejor simplemente te das cuenta de que tu verdadero Tú, en esencia, sea lobo o cordero necesita seguir otro camino, con más sentido y a partir de ahí, quizás otros te sigan en tu rumbo y encontréis la paz.
 

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