Vivimos en un mundo en que la jerarquía se quiere imponer. Un modelo de sociedad donde queremos siempre imponernos. Donde no se busca mirar a los ojos, ni el tú a tú. Sino en aparecer un peldaño más arriba en el escalafón.

“El hombre domina el mundo”, es una falsa sensación de poder. Pensamos que siendo jefes podremos imponer nuestra autoridad, podremos decidir y actuar a nuestro antojo según nuestro criterio. Eso nos hace creer superiores. Someter, mandar, imponer,…Podría parecer que nos sitúa en el bando de privilegio. Mas no es así.

Con esta condición estamos aceptando a la vez que acatamos ordenes también nosotros mismos y así entramos en la rueda de dirigir y ser dirigidos de forma “natural”. Recibimos ordenes, dictamos ordenes. Nos encajamos sometiéndonos y obedeciendo más que comprendiendo o aceptando la autoridad y criterio ajeno.

Un planeta de jefes y un planeta sin libertad. Sin la propia libertad y autosuficiencia. Pareciese que uno mismo no tiene criterio ni autoridad para manejar su vida y lo tengan que hacer por él.

Puedes sentir y desear seguir, aprender la sabiduría de alguien que en ese momento es tú maestro y del que aprendes y por tanto te guía y dirige, pero siempre desde el sentir y el respeto a la sabiduría de la experiencia del corazón, pero no seguir a alguien porque sea “Jefe”, líder impuesto y represente un poder determinado.

Eso no es autoridad, tú se la otorgas por los convencionalismos, mas nadie tiene más autoridad que tú para decidir sobre tu vida. Tú riges, tú eres tu rey, y no la jerarquía impuesta.

Es importante liderar, organizar, sabe sacar adelante algo en comunidad…lo que pasa es que estamos programados para obedecer. . Estamos tan acostumbrados a que nos dirigen que no sabemos movernos por nosotros mismo.

Los jefes tendrían que ser maestros, el ejemplo a seguir. El jefe tiene que estar implicado con todos, es un motor.No es dirigir, es que te sigan.

Un verdadero jefe debe saber dirigir su propia vida. Autogerencia. Ser autónomos. Cuando coges la responsabilidad a nivel individual tendrás la posibilidad de mostrar tu don y exponerte visible.

Estamos rodeados de Jefes, “de los que mandan”. Al final acabas por esperar, recibir ordenes para actuar en lo que afecta a nuestra propia vida. No sabemos movernos sin que nos dirijan. Que precioso sería y útil si cada uno de nosotros fuese su propio jefe. Es decir la cabeza visible que fuese capaz de organizar, mover e interactuar de la mejor manera posible con su entorno, su área de influencia, cooperando con el vecino/jefe, llegando a consensos, dialogando, mirando a los ojos y aprendiendo y rectificando si hallas más sabiduría en la propuesta ajena.

Adiós a los jefes que da el dinero, el estatus, el sexo, la raza.

Adiós a los jefes de imposición, de abuso, de sometimiento, de no respeto.

Adiós a los jefes de no comprender, de no predicar con el ejemplo.

Bienvenidos los jefes sabios, el jefe interior que es capaz de tomar las riendas de la propia vida. Se echan tanto en falta! Recuperar el valor de autoliderar cada uno en su vida y en su don.

Si todos liderásemos en nuestro don, en nuestro “buen hacer”, seriamos maestros y podríamos organizar de manera armoniosa y natural nuestra área de influencia y el planeta.

El problema es que queremos la placa, la firma de director, la batuta de oro para enseñarla como si fuera un premio que va a recibir admiración y reconocimiento cuando en realidad el buen jefe está difuminado- No es que esté en la sombra, sino que está en cada uno de los seres que lo rodean. Su manera de vivir y actuar en la vida le convierte automáticamente en referente porque entusiasma, ayuda, contagia, ofrece un servicio que consigue mejorar a cuantos le rodean y los impulsa hacia un devenir organizativo y vital importante. No busca ser jefe y mandar e imponer sino que se muestra como es. Dirige su timón y eso conlleva a ya no arrastrar la flota sino mostrar un camino, una manera de hacer, a otros barcos que aprenden, se animan y se mueven. Siempre mira y escucha a su alrededor para poder aportar por un lado, y para hacer aflorar las verdaderas necesidades y anhelos del otro.

Sin embargo seguimos tolerando los “falsos” jefes, los de la titulitis, los que buscan el beneficio personal y figurar en la escala, en la malla de mover el mundo y así estamos atrapados ante una manera ni natural ni justa de organizarnos la vida.

No necesitamos un planeta de jefes, de “capos”, sino un planeta de “cordes” movidos por el corazón. Corazones latientes, escuchando la propia armonía y la del mundo.

Desaprende acatar órdenes porque si. Aprende a moverte sin que te lo ordenen. Admira la persona y no a su posición, su jerarquía, su titulitis que no es sino una máscara más. Recuerda la importancia de la fila india, en la que cada uno de nosotros dirige cuando le toca dirigir. Deja fluir. Siente en unidad. Recuerda ese fluir armónico, responsable, bello, sostenible y respetuoso con el medio. Todos tenemos nuestro momento de liderar la comunidad. Pero lo primero es guiarnos a nosotros mismos, nuestro faro interior, nuestra luz.

Si no lo vemos nosotros, si no somos responsables, no la verán los demás y tampoco habrá opción de desenmascarar a los jefes “planos” que inundan nuestro día a día.

Menos jefes “planos” y más “cordes”, corazones valientes que guían sus propias vidas.

Los cordes vibran en cadena, los jefes imponen las cadenas. Ambos infinitamente.