Nos encontramos en una época convulsa, en la que cada vez nos cuesta más encontrarnos y reconocer nuestra propia esencia. Cada vez somos más automáticos, más fríos, más programables y pasamos por la vida sin vivirla en plenitud al no conectar con nuestra esencia e ignorar un sin fin de posibilidades, que solo con conocernos un poco más profundamente a nosotros mismos, podríamos llegar desarrollar e implementar maravillándonos a nosotros mismos y al mundo.

Sin embargo, hipnotizados en demasía con todo lo tecnológico y quizás con el afán oculto de convertirnos en falsos dioses tecnológicos capaces de automatizar del todo nuestras vidas y conseguir «superarnos» con solo apretar un botón o implantarnos un microchip o ponernos una vacuna «mágica» que deja de ser otro tipo de «varitas mágicas» que nos convierten en un producto mágico a merced de la tecnología, ciencia o medicina que nos transforma.


En el fondo no hacemos otra cosa que rehuir de nuestra esencia humana, la esencia que nos a llevado a vivir una vida en este hermoso planeta. El humano vive y se desarrolla con los pies en la Tierra, con el corazón en la Tierra y en todas sus vivencias.

Conectar con nuestra esencia es dar pie a desarrollar nuestros propios dones, nuestras habilidades profundas, nuestra propia naturaleza vital, que nos llevaría a transformar en armonía esta Tierra, a colmarla de plenitud a nuestro paso. Pero ciegos a nuestro propio Sentir, deslumbrados por el sentimiento del ego que se cree superior a lo que es natural, a lo establecido desde la creación armónica divina, nos ponemos en manos de los que con mucha conciencia de lo que hacen, más que nosotros mismos, nos ponen parches que nos distraen y nos alejan más de nuestro centro y por tanto de nuestra verdadera esencia.

Como resultado, poco a poco, vamos creando una manera de ser, de vivir y por tanto, a un nuevo ser que nada tiene que ver con nosotros.

El nuevo transhumano: el joven prometeo.

 

El transhumano se cree todopoderoso, cuando artificialmente cree controlar las leyes naturales: no voy a envejecer, no voy a enfermar, no voy a tener que presentarme como ser vivo pues voy a poder tener un chip que me identifique…Se supone que todos estos cambios deberían facilitarnos la vida, pero sin embargo no nos damos cuenta de que nos crean dependencia, nos llevan a estar bajo control. Pasamos de ser uno mismo a ser la identificación nº tal.

Nos alejamos de la conexión natural, de vivir, sentir, aprender y avanzar con los propios ciclos para recrear nuestra vida en un mundo artificial, aséptico, frio, que no late, donde las máquinas son nuestras hermanas pues nosotros mismos estaremos deshumanizados y por lo tanto perderemos nuestro valor intrínseco y armónico.

Perdemos todavía más la armonía con el entorno, la vida que nos rodea. Ya hace tiempo que hemos dejado de Sentir en conciencia, que olvidamos o más bien nos enseñan a olvidar como sentir la energía, la influencia del macrocosmos. Y en este tiempo, es nuestro propio microcosmos, todo lo que forma parte de nuestra extraordinaria maquinaria vital, el que se está intentando controlar a base de intentar modificar nuestra armonía de sistemas, nuestros flujos, con otra forma de funcionar, más mecánica que nos va a llevar a percibir todavía con más dificultad la realidad de nuestro mundo.

Lo más absurdo es que dejando de ignorar nuestra esencia, volviendo a recuperar muchos de aquellos dones olvidados que nos darían mayor sabiduría en nuestro devenir vital, mayor comunión y comprensión, mayor visión, mayor intuición, mayor conexión con la fuente creadora, podríamos superarnos con el propio trabajo personal para poder vivir más equilibradamente y hacer cosas que ahora mismo nos pueden resultar inviables, imposibles, fuera de nuestro alcance.

¿Por qué no recuperamos la sabiduría de las plantas para devolver el equilibrio y sanar, por ejemplo?

¿Por qué miramos con desdén, como algo obsoleto, a algo que nos da la vida y Dios de manera natural y está a nuestro alcance incorporarlo en nuestro día a día de manera fácil, pacífica, natural,…?

En lugar de eso lo complicamos todo. Pensamos siempre en el futuro como mecánico, artificial, sintético. Miramos hacia el pasado y parece que sea inferior. Pensamos que obligatoriamente estamos destinados a progresar tecnológicamente.

Utilizamos los recursos egoístamente y sin sentido. Ignoramos o pisamos la planta sagrada que posee y te ofrece el remedio a tu mal o tu problema pero nos ahogamos por conseguir la última medicina o la vacuna que nos va a evitar pasar por el ciclo, el esfuerzo que nos obliga y nos responsabiliza de cuidarnos y reequilibrarnos desde el Sentir de nuestro cuerpo y nuestro Ser.

Implantarte tecnología ¿Hasta que punto?¿A costa de qué?

En general, la mayoría perseguimos soluciones mágicas que nos hagan evitar el proceso de cambio, de enfermedad que a lo mejor nos está diciendo que hay un defecto en nuestra vida, en nuestras formas de abordarla.

Pensar en que un mundo de transhumanos, modificados «genéticamente», o con micro-chips instalados puede ser un mundo mejor es tanto como decir que no estimamos la vida, su magia, está divina creación. Volvernos máquinas, pasar por la vida ya con el Sentir completamente atrofiado, siendo carne de cañón, completamente dirigibles, ganado energético, engranajes de la gran colmena artificial que esta nueva sociedad nos está empezando a dejar vislumbrar.

Menos máquinas que nos controlan y nos condenan.
Menos vacunas que nos envenenan el cuerpo y el alma.
Menos tecnología que nos entretiene y nos impide pensar y sentir como desarrollar la vida por nosotros mismos.

Cada vez somos menos soberanos vitales y más dependientes.
Cada vez perdemos más el saber de relacionarnos con la naturaleza, tanto la externa como la nuestra propia.

Nos desconocemos más en nuestra humanidad y nos volvemos autómatas vitales.

En estos momentos ¿vamos a consentir, dar el siguiente paso y acceder al siguiente escalón de modificación?
¿Nos vamos a dejar programar conscientemente, sin oposición?
¿Sigues pensando en el «progreso tecnológico» como algo beneficioso para nosotros?
¿Seguimos admirando más las naves espaciales y anhelamos colonizar otro planeta más que sentir el alma plena de la conexión natural con la hermosura que nos rodea?

Seguimos sin comprender como funciona la Creación, la Vida. Sin interiorizar ni armonizar con sus patrones y el deleite de sumarnos a la Vida.

Y así, jugamos a ser dioses «digitales» a manos del «dios de la ciencia», sin darnos cuenta de que ese dios, basado en tantos falsos dogmas, en realidad nos somete, nos numera, nos esclaviza, a diferencia de la Vida, de la Creación, que nos concede el libre albedrío, sentir nuestro propósito vital y desarrollar nuestra esencia.

Piénsalo, siéntelo, repetimos la pregunta:

¿De verdad ya no quieres ser humano?


 

¿UNA VACUNA CONTRA EL ALMA?

Rudolf Steiner en una conferencia dada el 7 de octubre de 1917 en Dornach (Suiza), en plena Guerra Mundial (1914-1918) explica que en el futuro existirá una vacuna para eliminar el alma.

Steiner habla de «Arhiman» como la encarnación del mal en nuestro tiempo. Arhiman representa la mentira, el pensamiento mecánico, frío, la vida sin alma y espíritu.

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