El círculo vicioso de la justificación es uno de los más peligrosos y dañinos en los que podemos caer.
A la vez que lo tenemos tan cerca, tan a nuestra merced, que como una droga, recurrimos a él constantemente y muchas más veces de lo que admitimos.

Es más, no lo penalizamos, porque… ¿cómo vamos a reconocer que un autoengaño que nos hace sentir bien puede ser contraproducente y una venda para nuestro Sentir?

A nadie le gusta que le juzguen. A nadie le gusta equivocarse. A nadie le apetece tener que rectificar o incluso iniciar un nuevo camino. Porque el círculo vicioso de la justificación nos acompaña como «ángel guardián» que en cada momento nos apoya en aquellas decisiones y actos que a priori o contradicen lo que nos habíamos propuesto o niegan el reconocimiento de nuestro error.

Tener esa falsa «vocecita» amiga que nos ayuda a engañarnos nos facilita el «no cambiar» y el «no reconducir».

 

A veces la bola de mentiras y autoengaño se hace demasiado grande y nos atrapa de manera que cada vez resulta más complicado salir de ese estado de beneplácito y aceptación del círculo de engaños que creamos, que hasta «casi» nos los creemos. Y decimos «casi» porque si nos paramos a Sentir dentro nuestro sabemos (juez interior), somos conscientes de nuestra verdad.

Pero cobárdemente escondemos la cabeza para proteger la falsa imagen de nosotros mismos que queremos ofrecer hacia afuera y a nosotros mismos también.

Ese círculo vicioso realmente nos droga para hacernos creer estar bien en un primer momento pero como cualquier adicción, después tiene un efecto rebote, que nos puede llegar a hacer daño.

Multitud de tipos de justificaciones

Solemos justificar en una parte y en numerosas ocasiones, nuestra inacción. Si me propongo un cambio de hábito, por ejemplo que voy a practicar un deporte o voy a iniciar un proyecto, cualquier ejemplo que requiera de una dedicación especial nuestra, de una disciplina, de un esfuerzo extra, seguro que a más de uno nos va a venir a la memoria lo fácil que es buscarnos excusas de las que nos reconfortan para hacernos creer bien y no reconocen que estamos fracasando o no estamos dedicando la suficiente energía a ese proyecto a esa transformación.

Podremos decir que hemos tenido un duro día de trabajo y que nos merecemos descansar en lugar de iniciarnos en la actividad propuesta, por ejemplo. Y aunque quizás sea verdad, que estemos cansados, ¿es ese motivo suficiente para parar o retrasar nuestro objetivo? ¿Se trata más bien de pereza?¿es la zona de confort que nos atrapa como un imán?

Ahí entramos de lleno en el «mañana empiezo» para de alguna manera servirnos de excusa perfecta para no reconocer que me estoy fallando. Siempre tenemos un mañana o un después al que recurrir para no mover ficha y hacernos sentir bien con nosotros mismos.

¡La culpa está afuera!

Otro tipo de justificaciones son las que enfocamos en lo externo, en los demás: «la culpa está afuera», ya sea del hijo que te entretiene o del perro que se empeña a que lo saques a pasear.

La siguiente excusa perfecta es el mantra «No tengo tiempo» y en realidad, muchas veces, buscamos llenar realmente nuestro tiempo con tareas que tildamos con importantes para así no tener que enfrentarnos a nuestro propósito, el que en verdad nos empujaría a dar ese primer paso para salir de la zona de confort.

Por otra parte, solemos justificar, si cabe con más intensidad todas aquellas acciones que hemos realizado, ya sea consciente o inconscientemente, pero que ahora se nos revelan como contrarias a nuestro Sentir. Reconocer que los pasos que damos en la vida no siguen nuestros principios o que decimos una cosa y creemos creerla pero a la hora de la verdad hacemos otra, nos suele herir el amor propio si no estamos con el suficiente equilibrio para aceptar esas decisiones tomadas y así madurar, aprender de nuestra experiencia y rectificar y a ser posible reparar si nuestra actitud, aquello que hemos realizado haya podido a algo o a alguien.

En estos casos, solemos ponernos a la defensiva si desde fuera nos hacen reparar en nuestra incongruencia, en nuestro castillo de justificaciones, que se va a derrumbar en cualquier momento y somos capaces de seguir generando justificaciones que no se sostienen pero que uno mismo finge creer que se creé.
Cuesta mucho en ese instante pararse a verificar por qué nos sienta mal y nos remueve la observación que nos han podido hacer.

El círculo vicioso de justificación realmente nos ciega y nos transforma en ese otro personaje que siempre ha de resultar ser el bueno, el vencedor, el que lleva la razón, y solemos atacar y decir barbaridades.

Solo cuando nos calmamos y nos podemos escuchar a nosotros mismos, la voz interior nos desvela si estamos dispuestos a vivir con valentía aquello que sentimos.

La comprensión del propio arrepentimiento no es otra cosa que desmontar las máscaras de mentiras y justificaciones que me he ido poniendo para continuar haciendo lo que va en contra de mi verdad.

Lamentablemente en muchas ocasiones, ocultamos esta certeza y nos vendemos a las fauces del mundo por fama, por dinero, por no estar solos, porque la sociedad lo exige,… y ese agujero interior nos acaba por desconectar.

La justificación exagerada, sin embargo, puede extenderse ya no solo a nosotros mismos sino a aquellas personas cercanas que nos acompañan en nuestro camino vital (incluso a las causas, las grandes creencias,…).

¿De verdad «todo está bien»?

Tantas veces somos capaces de justificar lo injustificable en un hijo, en un ser querido, en el «dirigente» de nuestra causa. El círculo vicioso todavía se hace mayor porque afecta a otras personas y a nosotros mismos. Se mantiene la apariencia de que «todo está bien», se construye una vida de falsa mentira, de falso equilibrio,… ¡Es tan dañino para el alma!

Párate a pensar cuales son las justificaciones a las que recurres, las excusas de tu vida. Las sabes. Tienes más de una, ¡seguro!

¿Eres capaz de nombrarlas?
¿Eres capaz de reconocerlas?
¿Eres capaz de ahondar en el «por qué» que esconden de fondo?
¿Serás capaz de cazarlas y transformarlas?
¿Serás capaz de iniciar lo que tienes que iniciar?
¿Serás capaz de cambiar lo que tienes que cambiar?
¿Serás capaz de rectificar, de compensar aquello que sabes que nunca hubieses querido hacer pero has hecho?
¿Serás capaz de sincerarte más contigo y con tu vida?
¿Serás capaz de romper ese círculo vicioso que en realidad te ahoga en tu propia falsedad?

¡Hazlo! ¡Respira! ¡Empieza poco a poco!  Dándote cuenta de lo que haces y por qué lo haces y simplemente ves disminuyendo esos autoengaños que parecen que te reconfortan.

Os prometemos que reconforta mucho más el ponerte cara a cara con tu verdad, con quién tu eres. En ese instante, está en tu mano devolverte el equilibrio y retomar tu rumbo.

Y no hay nada más pleno que te haga acercarte más a la Alegría de vivir que entrar en coherencia con uno mismo y con su Sentir.

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